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diumenge, 2 de febrer del 2014

Stevenson y los ociosos

Acabo de leer el texto de Robert Louis Stevenson “En defensa de los ociosos”. Traducción de Carlos García Simón, ed.Gadir 2010. El texto es breve en consonancia con lo que se defiende. “En defensa de los ociosos” es un texto actualísimo. En una época dónde aparece el “emprendedor” como figura icónica, el texto de Stevenson nos da un contrapunto necesario. La felicidad no la podremos encontrar ni en el trabajo ni tampoco en familia. Nos hablan de sacrificio, de renuncia, de abstención. Se convierten, en tiempos de crisis, en ideales. Pero esos ideales son inventados por los poderosos.

“(...). Observar a alguno de vuestros laboriosos colegas durante un momento, os lo ruego. Siembra prisa y recoge indigestión; invierte una gran cantidad de actividad y recibe a cambio, en intereses, unos nervios desquiciados (...). No me importa lo mucho o lo bien que trabaje, este colega es un elemento maligno para las vidas del resto de gentes.” (pág. 34-5)



“(...). Las metas por la que han entregado su impagable juventud, como todos ellos saben, pueden ser quiméricas o dañinas; la gloria y la riqueza que esperan pueden no llegar jamás o encontrarlos indiferentes; y ellos y el mundo en que habitan son tan insignificantes que la mente se hiela al pensarlo.” (pág.38)


Estos dos fragmentos, nos muestran un rechazo a ese mundo febril que el capitalismo de todo tiempo, nos ha ido imponiendo. ¿Para qué esa fiebre? La ociosidad también requiere de mimo, de sabiduría. El sistema en el que vivimos nos hace sentir culpables si no estamos ocupados. Incluso se inventa el término hobby para indicar que podemos llenar nuestro tiempo haciendo algo útil. Escuchar, curiosear, mirar, entablar conversación con el vecino, con el desconocido, empaparse de la vida que hormiguea a nuestro alrededor es una manera para sentirnos vivos. Por esas vías la felicidad es posible. Algo de eso entrevió J.S.Mill al rechazar que la felicidad sea el resultado mecánico de la satisfacción.